
Mi fantasía es muy volátil, y le doy rienda suelta. Ojo que no hablo de la fantasía que permite escribir buenos cuentos, no. Hablo de la imaginación mundana y más inmediata. La que permite en un viaje de bondi pasar de la mente en blanco a imaginarse al colectivero gordo en pelotas. Siempre me imagino todo, desde lo más placentero hasta lo más vizarro, pasando por lo más macabro asqueroso y lo más puro. Me imagino sambullirme en una bañadera llena de dermaglós emulsión (fantasía que mi piel reseca hace años que me genera). Me imagino en pelotas a todo el mundo, a mis sesos regados por el asfalto luego de un accidente (incluso me imagino el ruido del cráneo rompiéndose), y me imagino el contacto íntimo con todo el mundo (de todo sexo y raza, aunque las mujeres tetonas o exóticas facilitan bastante la tarea). Me imagino a la muerte de mis seres queridos y me imagino el nacimiento de un hijo propio. Me imagino también dando mi discurso porque me dieron el premio nobel, y me imagino un suicidio, cortándome en la axila, donde tengo bien claro dónde hay una arteria importante, ahí, junto con el plexo braquial.
Mi fantasía no respeta ningún tabu, NINGUNO. Creo que no hay un solo pecado que no abarque. Pensaba que eso era sano, y que todo el mundo en sus adentros pasaba por lo mismo. Cuando la fantasía empezó a filtrarse en mi humor, ya más de grande, y a hacerme quedar totalmente desubicado, empecé a sospechar que en realidad no es tan así. Hoy en día me pregunto si no seré medio perverso. Para los que me conocen, no se preocupen, nunca voy a llevar nada de las cosas que me imagino a la práctica.